Se entrenaban para estar muertos… Los demás los miraban sin
decir nada. Ninguno recordaba el tiempo que llevaban haciendo espinales y
sentadillas. El lugar siempre olía mal, pero ellos insistían que era el sudor. Se
reían, chocaban las manos y seguían saltando la soga y haciendo abdominales.
Los demás los miraban sin decir palabra. Demasiado tenían ya con su destino de
almas en pena. La máxima expresión era el ulular. De asombro. Pero ellos no se
detenían, seguían entrenando. Hasta que por fin, se quedaron quietos. Muertos
definitivamente. Se entrenaban demasiado, dijo uno. Y todos se acostaron en la
fosa.
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