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viernes, 18 de marzo de 2022

La Big Bang



Había una mujer que pedía, pedía y pedía. Cada vez que lo hacía, abría la boca y de sus entrañas brotaba todo aquello que la había frustrado, todo aquello que la había marcado, todo aquello que, habiendo sido bueno se convertía en malo porque cada pedido que ella hacia venía de su infierno personal. Fue caminando la vida y a medida que avanzaba se fue llenando de causas, todas esas que nadie podía soportar durante mucho tiempo, porque eran causas perdidas y archivadas o invisibles para el resto. Entonces ella, feliz por encontrar en que ocupar su deseo de pedir, trabajaba denodadamente para triunfar en contra del mundo, que es muy grande y devora vidas humanas. Como la de ella era tan pequeña como la de los demás, esas causas que nadie quería se iban pegando a su cuerpo haciéndola sentir fuerte porque ya nada le llegaba, haciéndola sentir sola porque se transformaba día a día en un collage de persona y cosas que todos rechazaban. 

Paso el tiempo, tuvo un hijo y su vida cambió. Ya no estaba sola, ahora tenía un aliado para enfrentar todo aquello que la ofendía. Pero era tan pequeño, tan desvalido y vulnerable que no favorecía su urgencia de pedir, la demoraba en llegar a donde iba. Todo su ser le decía al retoño que se apurara mientras lo cargaba en brazos. Lo amaba pero deseaba que creciera para estar a su altura y defenderla del apetito del mundo o al menos ser su compañero de lucha. Fue así que el niño se desarrolló  más lentamente, tomado por la incongruencia de su madre, que lo amaba pero no dejaba de reclamarle que se hiciera hombre. Estos dos seres no podían conciliar pero se necesitaban. Ella porque era dueña de él y el niño por pequeño. Pero un día su hijo enfermó, comenzó a expresar en su cuerpo todas las frustraciones y detuvo su mente para no entender lo que en realidad le pasaba. Encontrar una salida sería abandonarla y la culpa que sentía por solo pensarlo le sacaba el aire, lo ponía mustio y desvitalizado. Por eso se quedó junto a ella pero muriendo en vida. Esa situación la golpeó tan profundamente que en vez de decidir cambiar se volvió loca de ira y como su instinto le impidió matarlo, simplemente se enojó con los otros que por piedad la dejaban seguir transitando. Y comenzó a romper todo lo que la rodeaba, a maldecir a todos y a lastimarse ella misma. ¡Gritó! Abrió su enorme boca y siguió gritando. Y dejó de pedir para exigir que la escucharan, que le dieran espacio. A ella, a su hijo y a sus causas. Se fue  volviendo irracional e insana, fue invadida por sus propias monstruosidades que se sintieron cómodas y la fueron destruyendo, lenta y despiadadamente. Y sencillamente, como ese Big Bang del que tanto hablan, la presión la fue comprimiendo de tal manera que la única salvación que tuvo fue explotar para desaparecer. 

El niño, ya hombre recogió pedazos de su madre y los guardo en sus entrañas. Tal vez esa negritud creció en él pero nadie sabe dónde está. Tal vez reine en algún continente ideando genocidios o santificando cadáveres. ¿Quién lo sabe?

Es un mundo violento. Se nace con un llanto y se desaparece en un segundo. 

Y a pocos le importa.

jueves, 2 de marzo de 2017

ALGO...

La noche era oscurísima junto a la orilla... El pescador empujó el bote dentro del agua y se  deslizó corriente abajo hasta que se detuvo en el punto mismo donde cruzaban los ríos. Sabía que ese era el lugar ideal para pescar. El hombre tiró el ancla y el bote se hamacó en el viento viscoso. Se prendió un cigarrillo y tomó un trago de grapa que lo calentó y lo abismó en sus pensamientos. Cerró los ojos y se dejó chupar por la noche. Silencio. Repentina podredumbre. De pronto escuchó un crujidito. El viento frío empujó el bote y a él se le electrizó el pescuezo. Inmediatamente se puso a recoger el ancla pero… no pudo. Estaba trabada. Sudó y tiró sin parar hasta que los bordes del armatoste asomaron sobre el río. Solo los bordes… El resto del ancla se negaba a salir a la superficie. Quizá… había algo… El pescador ató la soga y maldiciendo supersticioso, hundió los brazos hasta las axilas… Nada… Ni ramas ni algas… El ancla permanecía inmóvil… Había algo… El hombre siguió tanteando y aspiró una bocanada… Finalmente, hundió la cabeza bajo el agua. Estúpidamente, pensó que vería algo… Pero solo sintió en la barbilla el roce de unos cabellos y se irguió, lleno de terror dentro del bote. De las aguas parecía venir un lamento. Absolutamente aterrado, empezó a remar. Por más que trataba el bote solo hizo un movimiento. El pescador remó con más fuerza empujado por el horrible eco que aún sonaba en su cerebro. Hasta que de pronto, la barca se liberó. El pescador siguió remando casi sobre la tierra y saltó fuera con el remo en las manos. En la noche se volvió a oír la triste voz. En ese momento el hombre supo que algo que le pertenecía al río, había venido con él. Entonces, tomando valor volvió dentro de la embarcación siempre empuñando el remo. Y esperó. Todavía, reinaba la oscuridad. Súbitamente, un olor dulce se le pegó en el fondo de la nariz…Y algo… se movió en el agua. Un chapoteo como de niño golpeaba la vieja madera. El hombre avanzó decidido. Creyó ver algo en la oscuridad y se defendió con violencia. Sintió el impacto y algo se hundió en el río. Se acercó al borde y esperó… un “por favor” doloroso resonó claramente, frente a él. Entonces, el hombre miró. Allí, entre las fétidas aguas, algo se debatía. Estaba enredado como una hebra a la soga y al ancla. “Por favor, no me tires al río”, le dijo y él reconoció en esa súplica tenebrosa la voz de una mujer... Y comenzó a verla. Su tronco se convulsionaba fuera del agua relumbrando como un desecho tóxico. La ropa podrida le cubría impúdicamente los pechos que colgaban como bolsas vacías. Ella lo miró agradecida y una sanguijuela cayó a través de su mejilla hueca. El hombre, horrorizado, puso distancia saltando a tierra. Los miembros de la mujer se agitaron y desaparecieron una vez más… El pescador dudó. Tomó unas arpilleras que se secaban en el muelle y se metió nuevamente en el río. Conteniendo su asco, se puso frente a ella y la tocó con sus piernas para saber si aquello también tenía cuerpo. Con una satisfacción morbosa confirmó que sí. Lentamente, la fue envolviendo con la tela mientras la estudiaba conteniendo cierta nausea y una excitación truculenta. Desenredó el pelo con delicadeza y la mujer nunca le opuso resistencia. Parecía dormida pero sus ojos sin parpados lo miraban… Parecía que gritaba, sin labios y sin mejillas… El pescador la desenganchó con un gesto rudo. Le cubrió la cara para no verla y la sacó del río. 
Bien amortajada la llevó hasta la puerta de su casa y la dejó entre redes, sogas y ramas, sin descubrirla… sin saber que hacer con ella. El hombre se encerró hasta bien entrada la mañana... Se levantó con resaca y sin memoria. Una negación natural de lo humano frente a lo inexplicable… Cuando salió a la luz del sol, el cuerpo aún yacía boca abajo, la cara sumergida en un charco inmundo, la osamenta a punto de rasgar la piel para festejar la gloria de la putrefacción. El pescador se acercó y giró el cuerpo con el pie. A la mujer le faltaba una mano, la derecha. Las moscas se hacían un festín sobre la carne podrida. Fue, allí que el hombre supo que la mujer estaba muerta. Por la carne floja también sabía que ella llevaba mucho tiempo perdida en el río. Las membranas habían sido devoradas por los peces y las alimañas. A través de las mejillas ausentes, el hombre creyó ver que la lengua se movía. Esperó. Se puso en cuclillas y acercó su cara a la boca rígida… Comenzó a envolverlo el crujido imperceptible que le salía de la traquea… De pronto, la mujer se sentó como impulsada por un resorte fantasmal. El hombre cayó hacia un costado aterrado por lo innombrable. “¿Quién soy?” dijo ella y se quedó quieta respirando con dificultad… hasta que un vómito de hojas y barro le liberó los pulmones. El hombre no se animó a hacer nada. La miró por un largo rato luchar con la gravedad. Intentar pararse y caer. Su mueca decidida le daba pena, pero no atinó a moverse… Hasta que por fin… La mujer lo consiguió. Titubeante, avanzó dos pasos y tropezó. El hombre pegó un salto y la sostuvo. En silencio la levantó y suavemente la entró en el rancho. La llevó hasta el catre,  la acostó y salió a vomitar fuera. De pronto, la mujer se incorporó, resoplando de dolor. Algo la llamaba desde el río. Su cuerpo agotado, aún se resistía a su condena… pero algo dentro de ella, la obligó a caminar hasta la ventana. Las aguas brillaban a lo lejos, como un diamante engañoso. La mujer sollozaba y no podía resistirse. Su cuerpo quería volver al río. Avanzaba dejando un rastro pegajoso con su muñón. Hasta que el hombre la tomó de los hombros y la retuvo contra sí. La mujer se apretó contra él y la metió dentro. El pescador conocía la avaricia del río. Sabía que, tarde o temprano el río recuperaba lo suyo. “Aquí, no va a poder entrar”, le dijo a ella y la ayudó a recostarse nuevamente. Con una profunda piedad, la abrigó y salió a tapiar las ventanas.

Cuando regresó ya había caído el sol. Por un momento, él temió no encontrarla, pero el olor dulce se percibía casi desde la costa. Dentro del rancho, el frío y la podredumbre eran insoportables. Lentamente se acercó a su cama y la encontró en la misma posición que la dejara. La miró mientras bebía ginebra. La mujer tenía marcas por todo el cuerpo hechas por el agua y los peces, pero sobre todo le llamaron la atención unas profundas cicatrices en las muñecas y los tobillos. Tal vez, alguien la tiró a las aguas atada de pies y manos. Un escalofrío lo sacudió y quiso prender un fuego. También quiso más alcohol y no pudo dejar de mirarla. La ginebra lo calentó, y por un instante, lo hizo sentir en calma. Camino hasta ella y, sin saber por qué, le chorreó unas gotas en la boca descolorida. Inmediatamente, la mujer comenzó a mover los ojos y a chasquear la lengua. Abrió la boca y lo miró. En el fondo de sus ojos parecía brillar una luz que se encendió con otro trago. Ella se convulsionaba con movimientos rápidos y él se alejó embargado por el espanto. Repentinamente, la mujer se sentó y le extendió el muñón. Sorprendida, se quedó mirando la herida, mientras el pescador le servía un trago. Ella bebió haciendo un gorjeo espantoso moviendo ante sus ojos, el miembro cercenado.
Al otro día, después de haber bebido muchas horas juntos en silencio, el hombre volvió a irse, dejándole ropa sobre la cama. Ella se vistió y se sentó a esperarlo, mirando en dirección al río. Cuando él regresó la encontró  vigilante en la oscuridad. Sin decir palabra, el hombre vació una bolsa con víveres y  cocinó una comida para los dos. “Oiga, venga a comer” le dijo y ella reaccionó. “Ayer tenía dos manos. Creo que algo me golpeó… pero no recuerdo… no recuerdo” El pescador comenzó a comer y ella trató de imitarlo. Los pedazos de comida se apelotonaban en su garganta para bajar por parte de la traquea expuesta. Involuntariamente, él tuvo una arcada. Buscó un trapo y se lo ató alrededor del cuello para que ella pudiera tragar. Cuando la mujer dejó de comer permanecieron sentados a la luz de una vela. “¿Quién soy?”, le dijo ella. El se encogió de hombros y se mantuvo en silencio. “¿Quién soy?” El hombre se levantó y se fue a la cama. “¿Quién soy?”, volvió a repetir ella. “Yo no sé. Te escapaste del río”

Cuando el hombre regresa, a la noche siguiente, ella ha preparado la cena. Como le falta la mano derecha ha cortado grandes trozos de todo lo que encontró en la casa, inclusive un pájaro. El hombre agradece a su manera y la contempla. Iluminada por el fuego, ella parece la mujer que alguna vez fue. El, que siempre estuvo solo, siente nacer en su pecho un sentimiento ambiguo de deseo y repulsión. Ella intenta sonreír y hace una mueca monstruosa. El hombre se sobresalta y retrocede. La mujer se para y con dificultad, abandona la casa. Él la sigue pero no la encuentra. Hasta que oye en la noche, el mismo triste lamento. La mujer solloza quedamente y tirita de frío. Entonces, él, con una suavidad nueva la gira y la mira directamente a los ojos. Ella quiere huir, pero él la retiene. “Está bien…” le dice, acercando su boca a la de ella. Se abrazan como dos sobrevivientes, aferrados el uno al otro, como si toda la vida hubiesen esperado ese momento.
Cuando el hombre despierta, la mujer hace rato que lo mira desde el borde de la cama. Tiene una pala entre sus brazos. “Pescador, hace tiempo que busco en mi memoria rastros de mi nombre. He flotado en la corriente, con otros como yo… Pero el agua no da respuestas… Sin embargo, cuando ayer y a pesar de todo, fui tu mujer, algo en mí revivió… Quizá fue tu calor en mis entrañas, la vida en mi interior que rasgó el olvido al que estaba condenada... No sé, pero ya recuerdo quien soy. Mi nombre es Susana Pereyra y ya se como llegué al río. Me arrojaron de un avión. También sé que el río siempre va a reclamar lo suyo… Por favor, no quiero volver al agua. Allí, las almas flotan sin jamás recordar, condenadas a ese sufrimiento. Ya casi no puedo resistirme a su llamado. Necesito que hagas algo más por mí. La última cosa. Necesito que me entierres y grabes mi nombre en la lápida. Yo lo haría pero pronto voy a dejar mis pedazos por todas partes y no quiero que veas como me pudro. El aire que tanto añoraba, hoy me disuelve. Por favor, va a ser lo único que te pida. Tenés que enterrarme y grabar mi nombre… y así, por fin, voy a poder descansar en paz”
El hombre la escucha y no le responde. Siente nuevamente que algo que quiere le va a ser arrebatado. Y se resiste. Se viste en silencio y ella que ha dicho todo lo que necesita decir, lo sigue arrastrando la pala. Antes de cerrar la puerta, él le contesta “Nunca. Yo te rescaté y sos mía. Nunca vas a dejarme.”
Está vez el hombre regresa en la madrugada y se la encuentra en la ribera. La mujer está aferrada a las sogas pero su cuerpo quiere entrar en el agua. Hace tiempo que parece estar luchando y el brazo del muñón apenas está sostenido al hombro. El pescador la toma con cuidado de la cintura y ella se entrega y se pega a él. La levanta entre sus brazos y la lleva hacia el rancho. El hombre comprende que ella tiene razón y decide ayudarla. Mientras ella duerme, busca la pala y cava un pozo profundo. Improvisa una lápida y graba con el cuchillo el nombre. La deposita en el fondo, con una tristeza espantosa, y ella no se mueve. Antes de echar la primera palada la mira recostada y se le cae una lágrima. La mujer se inquieta y se despide. Con un amor tan inmenso que él jamás ha recibido, ella le dice “Te amo”


domingo, 28 de abril de 2013

La Creación



El Carro x Gustav Klimt

“Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba oscura y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo. Dijo Dios: Haya luz y la luz se hizo. No conforme volvió a decir: Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras... y hubo cielo y hubo mar. Entonces, Dios dijo: Júntense en un lugar las aguas de debajo de los cielos, y aparezca lo seco. Dios llamó tierra a la tierra y nombró a los océanos. Entonces, quiso verde. Y así fue. Arboles, frutos, mieses, semillas. Más luego quiso separar el día de la noche con soles, lunas y estrellas y a todo lo puso en el firmamento para alumbrar a la tierra. Luego deseo vida en el éter y en los mares, y creo las aves y los grandes monstruos acuáticos. Y los bendijo diciendo: Creced y multiplicaos. Todo esto en cinco días. Pero fue en el sexto que Dios Omnipotente creó a las bestias de la tierra. A los ganados y los reptiles. Y por fin, al hombre. El mismo día... Y lo hizo reinar, a su imagen y semejanza, sobre todo lo demás. Igual... pero más chico. No es bueno que el hombre esté solo, dijo Dios. Y trajo a su presencia todo los animales, bestias, aves y peces creados para que Adán, su primogénito los nombrase. Y creó la zoofilia. Claro, ninguno era igual a su hijo. Hizo bajar sobre él un profundo sopor, creando la siesta, y en sueños tomó una costilla, creando la donación de órganos, cerró el vacío con carne y de esa costilla sangrante, Dios formó a la mujer. Al verla Adán exclamó: Esto sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esto se llamará varona, porque del varón ha sido tomada. Y Dios se quedó mudo. Adán tomó a la mujer de la mano y se internó entre las madreselvas... Dios gritó, coman de todo, de todo, menos de ese árbol, de ese no, porque si comen… se van a morir... ¡De verdad! El fruto es malísimo, es mortal... Y Dios creó la metáfora. Pero los pájaros cantaron, los sapos croaron, las bestias brincaron por las praderas, el reptil se enredó en el árbol del Bien y del Mal y la vida que Dios había creado fue autodidacta. (Pausa) Y Dios, el Buen Dios que hizo todo para su hijo... se quedó solo.


domingo, 10 de marzo de 2013

Mocosita

Caia Koopman

Una mudanza más. La carrera obliga. Después de todo, este bienestar tiene su precio. Pobre, sirviendo a la Patria y a su familia… Por las generaciones venideras… Por los chicos… Por mí… Me siento atrapada… Frustrada… Un nuevo cambio de destino que no me permite ser… ¿Por qué nadie me dijo…? Un nuevo desafío para la esposa del militar y la nulidad para mi persona… Sin crecer, desarraigada… Me muerdo los labios… Que mala soy…
Ya me siento mejor. Me calmé. A veces no puedo parar de pensar estupideces. Es como si nunca terminase de crecer… Soy mala… Injusta… El se desloma por mí… El me ama… Tanto que me asusta… ¿Qué decís? Me asusta cuando se queda callado ¿Ves como soy? Depresiva, inútil… si hay una cascara de banana en medio de una ruta vacía seguro que yo la piso y me caigo… Tan torpe soy… Nuestra pareja es compromiso… los dos juntos ante el infortunio de los traslados como firme peñón del vinculo imperecedero que nos forjará como familia al servicio de la Patria… A mí nadie me obligó… me metí solita. Por mocosa. Ahora soy una mujer a cargo de su familia y eso es lo que tengo que ser. Eso espera él de mí. Eso espera la fuerza de mí… para eso me eligió y nos casamos… para eso me mantiene… … … encerrada… Ocupada de ordenar los mismos muebles en casas nuevas… y creo que nadie me avisó que mi vida iba a ser así… Ahora, llevar rápido a los chicos a la escuela… que conozcan a sus maestras y a sus compañeros… Las otras madres me miran y cuchichean… Son amables pero distantes… No tengo amigas… Nunca… y tengo miedo… Desde chica tengo miedo… Un miedo inexplicable como si algo terrible me fuese a pasar… Dudo, no creo en mí… Pero tengo que salir a recorrer el terreno, como él dice... Tengo que ser de utilidad en la comunidad, soy su esposa, algo así como su representante en la civilidad femenina… Pero yo soy bajita y chiquita, apenas una muestra gratis… ¡Y como lo quieren las otras mujeres…! Yo se que piensan que soy una bruja desagradecida que no merece un marido como él, tan sonriente, tan simpático y trabajador… Lo sé porque cuando los maridos están ausentes ninguna me habla… Así que nadie me creería si les contara lo que en realidad es… No se… No quiero… No me puedo mover y entonces no puedo dejar de pensar… El es bueno. Para eso me casé… Para cuidar y servir… Para que nadie se diera cuenta de la clase de persona que soy… Para que nadie vea mi maldad… Yo amo a mi marido. Debe ser la soledad que me pone turbia…
Así son mis días cuando los chicos están en la escuela… Puro pensar estupideces… Yo estudié. El me decía, no seas traga… y yo dejaba de estudiar para seguirlo… El estaba haciendo el curso de Teniente veterinario en el cuartel… ¡Qué lindo era! Tan alto y gringo… Todo marrón y con el pelo color paja de tanto andar al sol… O era que en realidad yo me quería ir a toda costa de ese pueblo diminuto que solo tenía ese cuartel… Y llegó él… me parecía un poco raro… un hombre joven mirando a una mocosa… y me contaba un montón de cosas… anécdotas de animales… chismes de otros soldados… me hablaba como si fuese grande… Y yo no podía más con el amor… como con el hombre nuclear… Me mareó… Tonta de mí… me dejé marear. Y me embaracé.

Tenía 15 años… ¡Dios mío! Era una nena… Y él era mayor… … … … Yo no quería… Me daba impresión. Yo solo jugaba a la coqueta, me hacía la agrandada… Cuando volvía a mi casa yo seguía jugando a las muñecas… Era una mocosa… Que cansada estoy. Quisiera aprovechar que estoy tirada para poder dormir… una siesta larga… muy larga que devuelva las ganas de despertar… Otra mudanza y tal vez solo queden 13 más… ¡Firme! ¡Marche!
No me tengo que olvidar de desarmar el mueble del lavadero. Las estufas tienen que viajar limpias. Aunque sea verano hay que prevenir el invierno. Mañana viene el señor de la inmobiliaria… Seguro que él me va a llamar para asegurarse que yo no me esté revolcando… A la 1 tengo el acto de los chicos. El padre no va a venir. Está en el cuartel. El mayor va a leer una redacción preciosa sobre los soldados. Cada vez está más parecido a él… Le tengo que renovar el DNI al chiquito… Buscar los certificados de vacunas de todos. Tendría que haberlos puestos donde él me dijo. Nunca le hago caso…

¡Pero era una nena! Yo le decía, soy una nena… Si no te va a pasar nada… Pero no quiero… Ah, pero yo sí… Me da vergüenza… Cerrá los ojos entonces… ¿Qué es eso? ¡Qué asco! Vení, vení que es mansito… No quiero, por favor… Y estaba llorando… Ahora dale un besito… Así, mocosita, así… Ojito con los dientes… ¡Como vomité! ¡Qué gusto asqueroso! Cuando llegué a casa no quise darle un beso a mamá… y como la quería…
Y antes de irse para el cuartel me dijo, ya está, no sos más virgen. El único que te va a querer soy yo porque me quedé con tu virginidad. Estamos casados… Yo estaba jugando y ahora tenía marido… ¡Pobrecita! Y yo se lo creí… Cuando se lo conté a Nancy me miró con una envidia… que romántico, ese es un hombre de verdad… Ojalá a mi me rapte alguien… Yo tenía miedo… No quería verlo más pero se paraba en la esquina del colegio y no me quedaba otra. Las maestras pensaban que era mi tío, tan simpático y buen mozo. Yo quería contarlo todo, correr al lado de mi mamá y decirle lo que me pasaba… algo no anda bien… decirle a papá, a mis hermanos… tenía la boca sucia y me quedé callada. Eso a él le dio coraje… Casi me caí muerta cuando lo vi en la puerta de mi casa. Sentí terror. Si hasta me acuerdo que me tuve que cambiar la bombacha porque me hice pis.
Y estaba muy sentado charlando con mi mamá… que tenía una cara de sorpresa que no podía disimular… Y él hablaba y hablaba sin parar, hasta que ella no aguantó la risa y quebró su resistencia. Era tan encantador. ¿O es…? Cuando me vio entrar… Dios mío… se le iluminaron los ojos con gula… se paró y le largó en la cara a mi mamá… ¿Ve? Como le puedo negar algo a esta mocosita… Y sacó un cachorrito que me encantó y después un chupetín grandote que me dio una vergüenza tremenda… Ay… me duele el labio… El diente roto me está haciendo una llaguita…

¿Qué hago mal? Yo no sé… No entiendo… Hasta el año en que lo conocí jugaba al hockey… No era torpe como ahora que me golpeo todo el tiempo… A veces me pone un emplasto para caballos para hacerme desaparecer las marcas. Me golpeo contra todo… Yo tenía 15 años cuando lo conocí… No sabía nada de nada… Si el primer beso se lo di al televisor en la misma boca de Joe, de Bonanza… Yo sentía cosas por todo el cuerpo, cosas curiosas que me encendían… Lástima que me fijé en él… Era lindo y estudiaba para soldado… Además era veterinario y me llevó a ver como nacían los cabritos… Yo lo veía a él y fantaseaba… Que nos escapábamos… que nos besábamos… y hacíamos planes para el futuro… Me sentía incómoda cuando me palmeaba la cola… pero igual seguí. En definitiva, todo es culpa mía. El tiene razón. Las mocosas calentonas vuelven loco a los hombres… Por suerte tengo hijos varones…

Mañana viene el camión a las siete… Espero que no se demoren porque eso lo pone nervioso. Se enoja conmigo, pobre, y también con los chicos… y después está chancho amigo con los peones. ¡Él es así! Solidario… Trabaja a la par, sin parar… Y les cuenta chistes y los hace reír… Todos lo quieren. Hace bromas todo el tiempo… ¿Por qué se enoja conmigo? Ya sé que soy una persona amargante. Yo también siento lo mismo. Soy una pobre infeliz con suerte, como me dice él… Pero bueno… Estamos casados, para bien y para mal… Ya sé que lo humillo con mi existencia… Soy el deshonor del que tuvo que hacerse cargo… Yo lo entiendo y lo perdono y juro que si pudiese pegarme también lo haría… pero creo que oí que tengo las dos manos quebradas, que raro… No me acuerdo…

Después vino lo otro, lo segundo. Todavía me cuesta decir esa palabra. No sé qué le dijo a mis padres pero no sospecharon nunca. Mi mamá me dijo que no me encontrara a solas con él, el pueblo era chico y podían pensar mal… Me hubiese gustado que así fuera… Nadie me obligo a correr a su lado… Yo era su esposa y eso me correspondía. Después de todo, lo único que quería era una historia de amor que me sacudiera el aburrimiento… La primera cachetada la recibí a los tres meses de estar de novia. Porque me demoré en el cumpleaños de quince de Nancy. Ahí decidió comenzar con lo segundo… Se ve que estás pronta, yegua… Como toda calentona te vas a ir con el primero que te coja... Esa palabra me dolió más que todo lo que siguió. Es que yo nunca la había dicho. Tenía un vestido a lunares y en la torta, me había sacado el anillo…

El no se sorprendió cuando me quedé embarazada. Estaba feliz. Yo era menor de edad así que me dijo que teníamos que ser discretos porque sino todos iban a saber lo puta que yo era. El nos iba a cuidar. Tenía mi virginidad y ahora tenía a mi hijo. Tenía que andar calladita hasta que se ordenaran las cosas, el se iba a encargar… o podían meterlo preso por mi culpa, por ser una mocosa calentona que volvía locos a los hombres…

¿Cómo se oculta un embarazo si tenés 15 años y hasta ayer jugabas a las muñecas? Mi mamá se volvió loca cuando me vio, sin querer, salir desnuda del baño. Comenzó a gritar y a amenazar que iba a llamar a la policía… Yo me escapé y me fui a buscarlo… Pero no pude colarme por el alambre roto del cuartel. Me pesaba la panza… Me escondí en un obrador abandonado y lo esperé… lloré como una loca y me quedé dormida… se pasaron las horas… empezó a llover… mi mundo se hundía… no tenía retorno posible… para colmo, como si supiera, el bebé se revolvía en mis entrañas… y me agarró la fiebre. Muerta de hambre, tiritando y enferma, decidí volver a casa y enfrentar las consecuencias… Con él en la cárcel yo era libre… Quizá mamá me ayudaría a criar al bebé. Por un momento sentí esperanzas de que mi vida se pusiera en orden. Hasta que lo vi… esperándome… Todavía no se por qué corrí a sus brazos… Me daba miedo con sus manejos… No sé qué habló con mis papás… ni ellos ni él me lo contaron nunca… como un pacto sellado entre adultos… los convenció, y ese día, pasó a ser oficialmente mi dueño.

La mudanza debe estar por llegar. Tengo que tener todo listo como a él le gusta. Los chicos están sentados en el patio. Listos y peinados con su ropa de viaje limpia. Al chiquito le di el calmante para que no se ponga fastidioso. Él no se puede controlar cuando llora. Yo creo que en el embarazo comí demasiadas ciruelas y eso le hizo el carácter llorón… O fue aquella vez que se él se enojó conmigo porque le había desacomodado las botas. Cuando el chiquito llora, primero me mira a mí… Creo que sospecha que no es su hijo… No sé por qué… Me dan miedo los otros hombres… él se va poniendo rojo y parece una brasa con el pelo rubio incendiado. Antes le bastaba con darme un coscorrón pero la última vez le pegó al chiquitito un empujón con el pie… Yo ya sé que pronto, ese empujón se va a convertir en una patada. Yo lo conozco de frente al señor puntapié. Él lo está midiendo. Le gusta probar la resistencia de la víctima antes de dar el golpe. Para que nunca pase a mayores… nunca una internación… nunca un médico… para eso el es teniente veterinario. Por eso, desde ese momento le pongo tranquilizante en la leche… el de los gatos… y listo. El chiquito se duerme y no jode… El grande en cambio, ya entiende. Ve a la inútil de la mamá, que hace todo mal. Ahora cuando se lastima, ya no quiere que lo cure. Soy hombre, me dice. Una vez, era chiquito, el hermano estaba recién nacido y los hombres se ponen especiales en ese momento… Como chicos… demandantes… El nene entró hecho una tromba, en medio de una paliza. El padre se controló inmediatamente. Yo no lo podía creer. Le sonrió simpático… ¿Ves a tu mamá? Se volvió a caer… Es una torpe… Me estaba retorciendo el brazo y me salía sangre de la nariz… Vení, machito, ayudala… El se acercó con la carita confundida… flaquito… inocente como una hoja en blanco… Y él me siguió girando la muñeca con una fuerza implacable y una sonrisa paternal en la boca… Yo contenía las lágrimas e intentaba sonreír para tranquilizarlo y él, con un tirón, me arrojó encima del nene y nos golpeamos con una silla… ¿Ves que torpe que es? Mejor quedate lejos que te va a lastimar… Anda hijo… que yo la ayudo…

Son las 8 y el camión no llega. Estamos los tres sentados en el patio. El recorre las habitaciones con pasos nerviosos y ese silbidito que me hiela los pelos… ¿Pero qué hago yo acostada…? …. ¿Dónde están los chicos…? El reloj hace un pitido cada segundo… es como si estuviese en un película de doctores… Siento mi respiración lejana con un fuelle remolón… como por un tubo… Debo de estar soñando… Claro… Con el sol nos quedamos dormidos… Estoy abrazada a los chicos y el va a llegar con una sonrisa para que nos subamos al auto rumbo a nuestra nueva casa… Va a hamacar al chiquito en sus brazos y al grandote le va a revolver el pelo. A mí me va a dejar para el final… me va a mirar a los ojos y me va a decir… te amo, mocosita… Y todo lo malo que pasaba va a quedar atrás… Porque una y mil veces el se arrepiente llorando… es mi culpa si no lo entiendo… No lo ayudo… Lo presiono… Lo obligo hasta que no le queda otra que castigarme para que yo pare de hacer lo que hago y que no entiendo que es… Yo nací mala… Por eso fui a él y lo volví loco… Y por eso yo soy la única mujer que él va a tener y él mi único hombre… Después me va a regalar jazmines, como siempre, la flor del perdón… Ese dulce aroma… qué vívido… Parece que estuviera a mí alrededor… como cuando pone el florero en la mesa de luz mientras me hace las compresas para bajarme los moretones… Me duele todo… Siento como si me hubiese atropellado un camión… Estoy inmóvil pero el cuerpo me grita por dentro…

Son las 10. El camión no llegó. El chiquito empezó a llorar y le dije a su hermano que pase lo que pase se encierre en el baño y no abra la puerta. Lo escucho putear cada vez más alto. Acaba de patear la caja de la vajilla y estoy segura que rompió el juego que me regaló mamá. Ya no tengo cosas propias… ¡Pobre! A él le encantaban esas copas… Se va a sentir pésimo cuando lo sepa… Sé que se viene acercando por su modo de patear lo que tiene al frente. El chiquito llora cada vez más fuerte y va a ir hacia ellos. ¡Dios mío! Está golpeando la puerta del baño y comienza a darle patadas. Nunca lo había visto así. Definitivamente, no estaba contento con esta nueva mudanza. Ya me había dicho que su nuevo destino era una condena… que estaban intentando sacárselo de encima… ¡Son tus hijos, por Dios! La puerta cruje y el no deja de decir que la puta de su madre se encamó con una gallina y tuvo un marica… Mi bebé tiene solo un año… Y sigue dándole mamporros con su manaza a la puerta…. Los chicos lloran y él está cada vez más fuera de sí y parece que su único objetivo es exterminarlos… callarlos para siempre… Estoy aterrada. No sé si llamar a la policía… a los vecinos… ¿A quién? Siento el ruido de la madera que cede y el grito de terror de los chicos y algo oscuro adentro mío aparece reptando, subiendo desde la profundidad de mi dolor trayendo una locura que nunca antes había experimentado… Oíme, idiota, ¿por qué no te metes con uno de tu tamaño? Y se da vuelta, desfigurado por el odio, con una sorpresa furiosa que lo pone morado. Yo agarro el paraguas del chiquito… con los colores de Boca, con orejitas de oso… y le presento batalla… Y él se relame y corre hacia mí con los puños en alto…

Oscuridad…
Respirador…
Ahora sé…
Creo que voy a vivir… Estoy en terapia intensiva… Tengo las manos quebradas… triple fractura de mandíbula… casi pierdo el ojo derecho… contusión cerebral… cabellos arrancados… costillas quebradas por sus patadas… Me cuesta respirar… Es que vivir duele…
Sé que esta vez me salvó el gong. Mejor dicho, el timbre… Los tipos de la mudanza llegaron justo cuando él me iba a dar el golpe de gracia. Tocaron. Sintieron los gritos… y entraron…
Ellos lo vieron… Un gigante quemado… con pelo de paja… enorme…monstruoso… sobre una pobre mujercita indefensa y cubierta de sangre… Por fin alguien lo vio en acción y ahora sé que no es una invención de mi mente. Además, cebado como estaba por su violencia monstruosa, quiso hablar… hacerse el simpático… como lo hacía siempre… pero esta vez no le salió… Su ogro indomable mostró la cara y atacó a los tipos… Con tanta mala suerte que hirió gravemente a uno de ellos… Por fin, mostró lo enfermo que estaba…
ENFERMO… 
¡Dios mío… te dije enfermo! 
¡Por primera vez me doy cuenta lo que sos…! 
ENFERMO… GOLPEADOR… ASESINO… 
Siempre fuiste vos… Yo era una nena, una mocosa… Siempre tuviste el control, canalla… Ordenaste mi cabeza para que nunca sospechara que ya estabas loco antes de conocerme… solo necesitabas una excusa para tu ira, tu bronca salvaje, tu deseo de destruir todo lo puro que había en mi… Cuando tenía 15 años iba suelta por la vida y tuviste que llegar como un castigo perverso… Mi infierno… El miedo lo trajiste vos… Vos sos mi terror encarnado…
Ojalá pueda salir de este lugar donde me mandaste… Solo soy palabras… solo pensamientos… Ojalá pueda volver a mi cuerpo roto y que no me lo hayas dejado inútil. No lo sé.
Soy una mente que divaga en sus recuerdos mientras sus huesos se sueldan…
Espero volver…  Quiero abrazar a mis hijos y mostrarles que lo que su papá hacía estaba mal…
Ahora sé.

martes, 4 de diciembre de 2012

La peor de las Marías


María no era virgen. Era madre de doce niños. Su cuerpo se vaciaba y se llenaba de hijos casi por milagro, tal vez en eso se parecían. Claro que en una operaba la fuerza del espíritu y en la otra, imperaba el mandato del hombre. Una era la madre de Dios y la otra, una pequeña mujer sin espacio y sin techo. Nuestra María, cercana por su carnalidad, se levantaba todos los días pensando en cómo iba a alimentar a su familia. Recorría los kilómetros casi de madrugada, sacudiendo la modorra, obligándose a dar cada paso cuando le dolía algo o cuando las preocupaciones le achataban el ánimo. Entonces prefería no pensar. Dejar que la tierra roja se le metiera entre los dedos, que la humedad la envolviera. Se internaba en el monte solo un segundo y escuchaba los pájaros para salir de adentro de su desgracia. Doce hijos y mala suerte con los compañeros, que tenían poco de hombre y mucho de zángano. No sabía por qué pero a todos les gustaba pegar. Ella, que soportaba yugos desde niña, estaba acostumbrada y se dejaba. Como se dejaba cuando él la manoseaba y se dejaba cuando él le decía que iba a cagar a palos a sus hijos, los de él y los del otro, porque ella era una puta. Ella solo sabía que el desahogo de su hombre le traía al mundo un nuevo hijo que cuidar. Nunca pensó en evitarlos. Era analfabeta. No sabía cómo...
Era ella, contra el hombre y la naturaleza. Ella… Sola…
Y María agachaba el lomo y seguía adelante. De la mano, el que supiera caminar, en la teta el recién nacido. Acomodaba como podía a los mayores y les prohibía ir a cazar al monte. Tenían que cuidar a sus hermanos, aunque secretamente esperaba que la desobedecieran y trajeran alguna paloma para el puchero…  Hacía hambre todos los días… los veía huesudos, saludarla… Y se tragaba los mocos y salía. Por sus hijos.
El marido descansando, por supuesto, como rey de la manada, después de todo él no mentía, detestaba trabajar y se lo dejaba bien claro… Su oficio era golpearla. Cuando quería, cuando ella lo obligaba, cuando el mundo lo humillaba. Y el gobierno… como el marido. Dormido a la desgracia de María. Golpeador y ausente. Aunque digan lo contrario.
Y así fue muchas cosas. Nunca lo que quería. Aunque la verdad, nunca había pensado en eso. Veía a sus hijos llenos de piojos, sucios y desnutridos y solo pensaba en trabajar de sol a sol, apechugar las injusticias y llevar algo de comida al rancho. Fue sirvienta, tarefera y picó piedras en una cantera hasta unas horas antes de parir a su última hija… Picó piedras, embarazada… parturienta… ¿por qué lo haría? Por sus hijos.
Pero un día, quiso la desgracia, que una de sus nenas, se enfermó. Gritaba de dolor y se agarraba la panza. María la calmaba como podía pero comenzaba a preocuparse. Hacía varios días que todos tenían hambre. Y su memby no era así, era buena, jugaba y era obediente. Cuando la bebé de solo dos meses la reclamó, María recordó sus pechos. Tomó a la nena e intentó amamantarla. Tal vez la leche la saciara. Pero la nena lloraba y gritaba. No se calmaba. Entonces ella ordenó a sus hijos como pudo, dejó a la bebita en otra casa y se echó a la ruta con su llorosa hija en brazos.
En este punto, las dos Marías vuelven a tocarse, pues ambas vieron a sus hijos morir. Una, no pudo abrazarlo, lo contempló expirar desde la cruz y dicen que los cielos tronaron su partida. La otra, respiró aliviada cuando la nena se durmió en su hombro, tendría que andar mucho hasta la salita y era mejor el sueño. No tenía plata para el colectivo, nadie en la ruta le paraba y caminó durante tres horas. El cuerpito duro y frío la hizo disminuir la marcha. Pero no paró. Siguió caminando con la esperanza cada vez más flaca. Le habló antes de verla. Entre lágrimas le cantó una canción y se sintió la madre más mala del mundo, la que Dios castiga llevándose a sus hijos. Por fin, miró a la muerte de frente y fue como recibir la trompada más bestial que en su vida había recibido. Caminó de vuelta al rancho apretando contra sus tetas a la nena muerta y la leche de sus pechos le mojó la ropa como lágrimas de madre que se unieron a sus otras lágrimas.

¿Qué iba a hacer? No entendía lo que había pasado. ¿No tenía suficiente desgracia, acaso? ¿Qué sería de sus hijos si ella no estaba? ¿Qué les diría a todos? No pensó más. Envolvió el cuerpecito con una sábana y lo enterró en su monte, al costado del arroyo. Para que el marido y la ley no le pegaran.

Durante los tres días que vivió antes de su detención, la tristeza la estrangulaba. Pero estaba la olla, el trabajo, los chicos y el marido… y ella… Sola… Como una criminal la esposaron, la llevaron detenida y por un año y siete meses la acusaron de ser de las madres que merecen pudrirse lejos de sus hijos. Y se los arrebataron.
Su marido y la ley se hicieron presentes. Uno aprovechó que ella estaba en la cárcel para vender su casa y los poquitos bienes que tenían. Abandonó a sus hijos y se fue a chuparse lo recaudado. La otra la mantuvo recluida, castigada. Sin juicio, sin autopsia, sin investigación. Se condolió por la niña muerta pero abandonó a los otros 11 que quedaban vivos.
Hoy María por fin está libre. Parece que la del cielo, iluminó el entendimiento de los hombres para que la absolvieran… y son ellos los que tienen que devolverle a sus hijos. El marido, parece que murió. La ley busca nuevos criminales que acusar. Aunque los hijos de María no tienen documento, ni ayuda, ni madre…

Y ella, la peor de las Marías, llora cuando cierra los ojos y escucha  el grito de su pequeña memby en sus recuerdos. Pero dice que va a aprender a leer. Ojalá lo haga y pueda leer esta historia…
Espero que la otra María la cuide desde el cielo, porque tal vez sea la única ayuda con la que cuente.

miércoles, 20 de junio de 2012

PESCADA

El pescador dormía entre sobresaltos.
La tormenta no cesaba y se mezclaba con los sueños del hombre. Una y otra vez la sirena volvía a enredarse en sus redes, una y otra vez, los dos mundos se miraban y se flechaban inmediatamente. La hija del mar y el extranjero. En su sueño, ella volvía a desear en voz alta tener piernas para acompañarlo. Entonces, él desgarraba con su cuchillo la cola de pescado y le liberaba los pies, las rodillas, los muslos… La sirena ya hecha mujer se abrazaba a las caderas dominantes del hombre mientras la sacaba del océano… Un relámpago lácteo y sueña con la mañana siguiente cuando le regaló unas hermosas zapatillas blancas. Para sellar su amor, de rodillas, se las calzó en sus pies sin uso…

El mar, que él había doblegado, le había entregado una de sus hijas para gloria de su orgullo.

Ahora la angustia clavaba su codo en su pecho y entre espasmos soñó que la había perdido. La tormenta gimió y supo que era verdad…

El pescador hubiese querido escucharla, ¡si la amaba!, pero era un hombre endurecido y estaba acostumbrado a la tiranía de la soledad. Entonces le dio tareas e insomnio para cuando él salía de pesca.

Ella volvió entre sueños y le repitió lo que tantas veces le había dicho en la vigilia.

_Dame hijos, le decía la sirena… Necesito que me amarren a la tierra… Mira que en el mar todo se fecunda...


_Hijos no, le contestaba el pescador, necesitamos conocernos. Seré tu lastre. Mira mi mano como te aferra del brazo…


_Entonces vamos a trepar las altas montañas… Quiero usar mis piernas nuevas… ver el mar desde las alturas. Antes yo recorría iglesias de coral y bosques de algas, me encantaba la aventura...


_Trepar no, le contestaba él, ya verás como duele rasparse las rodillas. Además, necesito que me esperes cuando vuelva del mar… Es duro ser hombre.


_Vamos lejos, le decía ella, soy mujer porque te amo pero también soy sirena. El mar es muy avaro y tiene derecho. Lo escucho desde aquí prometerme sus secretos, no se cuanto pueda contenerme.


_Irnos no, le contestaba, una vez lo vencí y mil veces más lo haría por vos. Tapiaré las ventanas para que se acalle. Y con mis besos te recordaré por qué has salido a la costa.


_Pero yo quiero ver al sol salir sobre los trigos y ponerse sobre los zarzales. Quiero ver tropillas salvajes de caballos verdaderos. Quiero bailar toda la noche con estas piernas nuevas que el amor me dio.


_ Paciencia. Te enseñaré a ser humana. Yo te di tus piernas y voy a enseñarte a usarlas. Tu casa está donde estoy yo. Soy fuerte y te protejo. Soy tuyo y todo lo mío te pertenece. Tenés que aprender a cuidarme. Sos mía y a través tuyo el mar es mío. No puedo perderte. Soy un hombre poderoso. Y vos, mi reina.


_ ¿Y seremos felices para siempre? le decía la sirena enamorada.


_Como en un cuento de hadas. Siempre juntos.



La violencia de la tormenta lo despertó. Se había equivocado. De nada sirvió que cerrara la puerta cada vez que salía sin ella. Caminó hasta la repisa donde ella ponía sus cosas. Nunca se había fijado, agujas, hilos, un collar, su fino peine de nacar y perfume, todo rodeado de mariposas. e insectos Pegados a la madera, retenidos contra su voluntad.

Repentinamente otro trueno le electrizó el pescuezo. Las zapatillas blancas, arañadas y rasgadas por las rocas se rieron de su estupidez.



Después el pescador seguía sin olvidarla. El único hecho maravilloso que le había tocado. Nunca más levantó sus redes con peces. Se dijo que el mar no lo quería y su comunidad lo rechazó. Fue así que se mudó a la ciudad y se convirtió en un pescador exiliado. Carnada de delincuentes... Y pasó el tiempo entre alcoholes y remordimientos.

Pero un día recibió una carta en su pieza diminuta. Venía de París y estaba firmada por ella. Decía así

“Cuando comprendí que había dejado mi casa para convertirme en la rehén de tus cosas, decidí morir. Corrí, si, ¡corrí! Con mis piernas sin uso a lo más alto del acantilado y llorando arrepentida me arrojé hacia el mar. Mi padre, que me estaba mirando aunque yo no lo viera, hizo una ola gigante que me recibió suavemente. Mi madre, que también velaba por mí, me acunó en sus entrañas y pude dormir por fin. Como me hiciste mujer mis hermanas se turnaron para darme aire mientras reposaba. Como también soy pez, con amor mi familia sacó el anzuelo y me ayudó a sanar. Y como comprendieron mi anhelo y para que no fuera inútil mi sufrimiento, entre sueños, todos juntos me llevaron a través del océano. Desperté en las costas de Guyana con una cofre lleno de tesoros y a partir de allí, viví la vida plena, con tantas experiencias que vos, en tu terquedad, ni siquiera podrías imaginar. Pero tenés razón, la herida que abriste cuando rasgaste mis piernas siempre te pertenecerá. Tonta de mí que pensé que el amor exigía mi sacrificio. Tu voracidad casi me mata. Aunque sentía mi corazón estallar siempre creí que el amor humano debía doler. O que esa era su condición. Hoy, que he conocido amores banales y sublimes, que he dicho que no por puro egoísmo y que sí por puro capricho puedo decir que por siempre estaremos juntos. Vos me enseñaste a tener memoria y nunca voy a olvidarte. Lo mismo que me lanza de vos es el fuego que me da vida. Gracias.”

sábado, 26 de mayo de 2012

SIRENA FUKUSHIMA

Ningyo, la hija del mar, la pequeña sirena… el remolino imparable de amor sensual con su cola de pescada golpeando la quilla… Abajo, solo un par de ojos tan turbios como el deseo del mar, tan ópalos… aguardando…

El océano es un desierto de agua, sin límites... y el barco va a la deriva.
Ella los mira desde abajo entre mostrándose en el oleaje… sus olores suben, se adhieren a los metales ruidosos del navío tóxico… Ven a mí, les dice… Ven… y ella cree que los hombres enloquecen…

Las gaviotas caen en picada entre las olas, recogen una y otra vez los restos del naufragio, que como una cola nupcial, acompañan al buque. Vuelven a subir con las cabezas empapadas y un pez sin cabeza en los picos. El violento sol… la sal amarga que se endurece entre las hendiduras de la piel de los moribundos con la celeridad de la intoxicación…  Dolor… Infecciones… el interior incendiado por la radiación. A la deriva, el inmenso ataúd náutico…
La sirena, sobreviviente del pasado natural, mantiene las viejas costumbres de acecho. Ronda el navío hace varios días. Lo encontró en el Mar del Japón, y desde allí siguen juntos… en medio del tsunami ella se prendió de su ancla y lo llevó, como un botín… Mar adentro.  La pequeña sirena, la hija de O-Wata-Tsu-Mi el Voraz, con su mitad vibrante en forma de pez y la ilusión de ser mujer  en sus tetas llenas, relame sus dientes filosos y espera su premio… Las escamas que trepan hasta el frágil límite de sus caderas gordas… y la famosa voz que lanza desolada en forma de daga acústica… Sus pezones opulentos de ansiedad, y el mar que la envuelve avaro mientras la manosea,  la llena de su semen salobre y la hace girar en espiral provocando remolinos que miran los del barco. Ella, que no teme a los arpones, es entonces un espejismo de los ojos enfermos…  un fantasma radioactivo, que sabe que su piel, gris o verde o rojo marfil ha sido para el marino la premonición de los tiburones y del fin del mundo.

Nada le importa a ella. La loba del mar, adhiere las palmas de sus manos a los hierros, se prende del ancla rota y se deja llevar… sus garras de nácar ya han dejado rastros en la osamenta del barco herido… pero ella persiste y aun canta, canción disfónica de sirena tenaz e ignorada…
Nadie contesta desde arriba…

Un día, tan parecido al infierno, un cuerpo irrumpe en la espera. Ella, lo enlaza presta con sus cabellos y canta… No se detiene a observar el extraño brillo del moribundo, los vahos radioactivos que la impregnan acumulativamente. Ella acaricia, besa, introduce su lengua en la boca asfixiada, se regocija, succiona y por fin devora, como en la antigua usanza.
La sirena, la hija de O-Wata-Tsu-Mi  debe su cena a la mayor osamenta tóxica, la Viuda de Fukushima, echada al mar para el bien de los hombres.

El mar la abraza lubrico. Los peces salen a recibirla. Princesa del reino fantasmal. La inmune cuna del mar se envenena. Las más tremendas mutaciones empiezan a forjarse. Los peces quizá sobrevivan… pero los humanos seguro que no lo harán… Y ella criatura de dos mundos, reliquia de un pasado muerto, vivirá una vez más la guerra en carne propia….

domingo, 25 de septiembre de 2011

La mujer Caramelo

La mujer abrió la puerta y el rostro resplandeció. La mirada se dirigió aguda hacia ese único cuadrado oscuro.
El último
Sus ojos brillaron satisfechos y cerró la puerta a sus espaldas...
Sin poder evitarlo sintió en su corazón un pinchazo. Como si aquel viejo sentimiento de amargura que había conseguido erradicar con la construcción de su caramelera, le dijera que su esperanza era pura vanidad. Jamás poseería la dulzura que anhelaba para su vida. No existía redención posible para la soledad. Su mundo siempre sería imperfecto
… Vacío de palabras de amor. De esa dulzura de almíbar y néctar  que reconforta la tristeza…
A pesar de eso, ella no desistió. Probaría su teoría. Los médicos lo llamaban placebo, ella prefería decirle Su Quimera. Después de todo, hacía años que las golosinas eran su consuelo. Había derrotado su amargura existencial con kilos de azúcar. Y hoy, lo probaría...
…Hoy taparé este vacío… Mi diminuto agujero negro…
Caminó orgullosa contemplando la obra que le había llevado cada noche de los últimos dos años. Su habitación de plata. Cama, mesa de luz, cortinas, espejo, lámpara. Todo. Todo, meticulosamente cubierto con papeles de caramelos. Miles, uno por cada minuto en que le pesó la soledad. Uno papel junto al otro, apenas rozando los bordes. Y solo quedaba un punto de amargura en ese cuarto…
... y en mi corazón…
Así de fácil. Se detuvo en el centro de la pequeña habitación. Abrió los brazos y giro sobre si misma. Los mil destellos de luces recortaron su figura regordeta y por un instante, pareció un hada a punto de desaparecer.
Sin dejar de girar muy lentamente, la mujer aspiró una bocanada y el aroma del azúcar hizo que la saliva le inundara la boca. Todo su cuerpo lanzó un baile de hormonas y casi fue feliz, acunada por el dulzor de vainilla  y chocolate. Se abrazó inconsciente y cerró los ojos, con el placer total de tenerse a sí misma tan dulcemente dispuesta, bombardeada de canela y coco, menta y anís. Llena. Reconfortada.  Se fue quedando quieta con una sonrisa y esperó a que cediera el mareo, aferrada a la dulce sensación de plenitud. ¡Ella tenía razón! Todo su ser se preparaba recibir su ración de azúcar. Pero esta vez no había caramelo.
…La mujer caramelo!...
Su cerebro estimulado la hizo navegar en la fantasía… Se sintió plenamente deseada, como si pudiese comerse…y por un instante, no estuvo ni sola ni mal. Sonriendo, abrió los ojos, lentamente, imaginándose a sí misma de turrón, de nuez, de maní, de praliné, de frutilla, de limón, de chocolate... Con cada recuerdo la lengua le recorría la boca…
Ahh!...
Sus ojos se toparon con el único lugar que no quería ver… el punto de amargura estaba frente a ella…Toda una habitación de plata y sus ojos se tuvieron que abrir frente al único cuadrado que faltaba completar. Infinitas opciones y su ruleta descarriada se frenó ante el vacío que parecía ser su destino.
… si lo tapo, no se va a ir…
A pesar del golpe, no se dejó caer. Al borde del llanto, buscó en su bolsillo y sacó un caramelo plateado. Con manos temblorosas, lo peló y se lo llevó a la boca. Su cerebro recibió el shock y le dijo que, fugazmente, se sentiría plena. Mientras la menta cremosa se derretía en su boca, pegó el último papel en el punto de amargura.
…Ahora sí…
El resplandor único la encegueció. Su cuerpo vibró enloquecido por su propio poder de auto convencimiento. Fue hasta el plateado placard y sacó una enorme bolsa de caramelos.
Tomó el primer dulce y lo peló. Dejó el caramelo junto a ella y se tragó el papel. El aluminio se deslizó por su garganta pero no lo pudo tragar. Peló otro más e hizo lo mismo. Así con quince. Luego unió los dulces en una gran pelota y se lo puso en la boca.
Solo falto yo.

Maldón

  Nací en el desierto Muchos años atrás Jesús rondaba cerca Un día no estuvo mas     Viajé muy lejos  Po r fuego y fulgor  B u...