La mujer abrió la puerta y el rostro resplandeció. La mirada se dirigió aguda hacia ese único cuadrado oscuro.
… El último…
Sus ojos brillaron satisfechos y cerró la puerta a sus espaldas...
Sin poder evitarlo sintió en su corazón un pinchazo. Como si aquel viejo sentimiento de amargura que había conseguido erradicar con la construcción de su caramelera, le dijera que su esperanza era pura vanidad. Jamás poseería la dulzura que anhelaba para su vida. No existía redención posible para la soledad. Su mundo siempre sería imperfecto
… Vacío de palabras de amor. De esa dulzura de almíbar y néctar que reconforta la tristeza…
A pesar de eso, ella no desistió. Probaría su teoría. Los médicos lo llamaban placebo, ella prefería decirle Su Quimera. Después de todo, hacía años que las golosinas eran su consuelo. Había derrotado su amargura existencial con kilos de azúcar. Y hoy, lo probaría...
…Hoy taparé este vacío… Mi diminuto agujero negro…
Caminó orgullosa contemplando la obra que le había llevado cada noche de los últimos dos años. Su habitación de plata. Cama, mesa de luz, cortinas, espejo, lámpara. Todo. Todo, meticulosamente cubierto con papeles de caramelos. Miles, uno por cada minuto en que le pesó la soledad. Uno papel junto al otro, apenas rozando los bordes. Y solo quedaba un punto de amargura en ese cuarto…
... y en mi corazón…
Así de fácil. Se detuvo en el centro de la pequeña habitación. Abrió los brazos y giro sobre si misma. Los mil destellos de luces recortaron su figura regordeta y por un instante, pareció un hada a punto de desaparecer.
Sin dejar de girar muy lentamente, la mujer aspiró una bocanada y el aroma del azúcar hizo que la saliva le inundara la boca. Todo su cuerpo lanzó un baile de hormonas y casi fue feliz, acunada por el dulzor de vainilla y chocolate. Se abrazó inconsciente y cerró los ojos, con el placer total de tenerse a sí misma tan dulcemente dispuesta, bombardeada de canela y coco, menta y anís. Llena. Reconfortada. Se fue quedando quieta con una sonrisa y esperó a que cediera el mareo, aferrada a la dulce sensación de plenitud. ¡Ella tenía razón! Todo su ser se preparaba recibir su ración de azúcar. Pero esta vez no había caramelo.
…La mujer caramelo!...
Su cerebro estimulado la hizo navegar en la fantasía… Se sintió plenamente deseada, como si pudiese comerse…y por un instante, no estuvo ni sola ni mal. Sonriendo, abrió los ojos, lentamente, imaginándose a sí misma de turrón, de nuez, de maní, de praliné, de frutilla, de limón, de chocolate... Con cada recuerdo la lengua le recorría la boca…
Ahh!...
Sus ojos se toparon con el único lugar que no quería ver… el punto de amargura estaba frente a ella…Toda una habitación de plata y sus ojos se tuvieron que abrir frente al único cuadrado que faltaba completar. Infinitas opciones y su ruleta descarriada se frenó ante el vacío que parecía ser su destino.
… si lo tapo, no se va a ir…
A pesar del golpe, no se dejó caer. Al borde del llanto, buscó en su bolsillo y sacó un caramelo plateado. Con manos temblorosas, lo peló y se lo llevó a la boca. Su cerebro recibió el shock y le dijo que, fugazmente, se sentiría plena. Mientras la menta cremosa se derretía en su boca, pegó el último papel en el punto de amargura.
…Ahora sí…
El resplandor único la encegueció. Su cuerpo vibró enloquecido por su propio poder de auto convencimiento. Fue hasta el plateado placard y sacó una enorme bolsa de caramelos.
Tomó el primer dulce y lo peló. Dejó el caramelo junto a ella y se tragó el papel. El aluminio se deslizó por su garganta pero no lo pudo tragar. Peló otro más e hizo lo mismo. Así con quince. Luego unió los dulces en una gran pelota y se lo puso en la boca.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Escribir es un oficio solitario. Ser leída por un desconocido alberga un misterio... Me gustaría saber lo que pensas...