sábado, 3 de marzo de 2012

ONCE

Bssssss… Bsssss…. Soy una mosca. Bsssss. Claridad de la mañana. Salgo a volar. Obreros. Personas. Gente que aún se saluda. Algunos sonríen pero la mayoría va apresurada al trabajo…. Bssss…. Vuelo… Busco… Sorbo… Así es mi vida de mosca. Me gustan los sombreros... Nací en el putrefacto cráneo de un pájaro que el gato de un sombrerero había escondido entre el fieltro en desuso. Mis hermanas y yo borboteamos en la grasa olorosa hasta que yo me fui y ellas quedaron atrapadas a un tarro de cola… A mí siempre me perdura ese amor…
Sigo al viejo que come un vigilante. Goloso. Chupo un grano de azúcar que tiene en la comisura de los labios. Me espanta con desgano. Soy su compañía. Su gran gorra de fieltro es calurosa. Su calva suda bajo el sol naciente y ya quemante. Me dejo llevar mientras lavo mis manos. Camina cansado.
Estación Padua. Me entretengo en la basura acumulada. Mi festín. Hago sociales. Fruta podrida. Pañales. Personas.
Llegamos a la punta del andén. Me gusta viajar en tren. Tantas personas, tantos olores y sabores. Gente. Mucha gente. Como moscas. La estación se llena y se rellena. La gente se amucha y el tren sin venir. Multitud. Tensión provocada por la espera…
Entre pitos y humo llega la vieja locomotora y sus 8 vagones. Soy una mosca pero se contar. Cuando el tren se detiene, la muchedumbre comienza a subir. Codazos. Apretujones. Mi anciano logra colarse a pesar de todo. Mi gorra se le cae y quedo sobrevolando, a la deriva.
Voy junto al maquinista. Hay nervios en el ambiente. No sé por qué. Olor a sudor humano. Penetrante. Miedo en el aire. El hombre me espanta… Habla con la máquina.
“Tengo el freno largo… Prriuuu…. Seguí… Pero está largo… Prriuuu…. Seguí”
Obedece y el tren se pone en movimiento. Vuelo hacia el andén y la gente no para de empujar. Entran por puertas y ventanas. Busco a mi viejo y no lo veo. Mis ojos recorren mientras vuelo. Gente por todos lados. Llego hasta otra cabina donde un chico escucha música. Tararea. Quiero entrar. Parece cómodo y tranquilo. Está todo sellado. Lo dejo. Al único pasajero feliz.
Viajo en el tren. Algo pasa que la gente está nerviosa. El tren frena con dificultad pero las personas siguen subiendo, estación tras estación. Los olores me estimulan y se mezclan. Vuelvo junto al maquinista. Tiene el pelo pegado a las sienes y la camisa transpirada. No sé por qué pero me choco contra el vidrio. Quiero salir. La muerte está presente. De pronto, olor a quemado, fuerte sacudón y golpe violento que me arroja contra el parabrisas. Y el maquinista queda atrapado entre los hierros. Aturdida, salgo al vagón. Ruidos, estruendo, lamentos. Olor intenso a sangre. Mis ojos no reconocen lo que vieron antes. En pocos metros, cientos de personas yacen empotradas entre las vísceras del tren. Se ha formado un solo cuerpo de carne y hierros que lanza alaridos. Veo, caída entre los cuerpos, la gorra de mi viejo, aplastada entre estudiantes, mujeres, hombres. Masa humana.
Mi organismo se activa. Pronto pondré huevos entre esta multitud. Algo siempre dejan los humanos abandonado entre los restos.

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