Soy…bssss… soy una mosca…bssss.
Sobrevuelo la habitación. Cansancio... Humo de la noche anterior. Estoy embalsamada
de alcohol. Doy tumbos mientras vuelo. Vasos. Colillas apestosas. Platos con
restos de comida. Un festín. Estoy llena. Toda la noche chupando… Una prima perece en el whisky abandonado. Bssssss. BssViciosa. Terreno enviciado. Las
pesadas cortinas no dejan entrar el sol. Los rayos entibian el vidrio húmedo. Me
apoyo. Me acicalo. Intento despertar. Estoy enjuergada.
Ayer entré como por casualidad… en un ananá. Me habían
advertido del peligro de la importación brasilera... Quedé atrapada. La mujer de
cabello rojo eligió mi fruta entre todas. Sonreía. Tenía un chango abarrotado y
también quiso mi fruta. Dos hombres grandotes estaban con ella. Caras de pocos amigos.
La miraban nerviosos. Controlaban todo.
Ella ordenó y uno de ellos tomó mi planta. El tipo olía a perfume seco, sudor y jabón. La
mezcla que me activa. Volé. Me posé en su cuello. En su oreja. En su ojo.
Caminé por su mejilla. Su ojo. Su pestaña. Chupe la sal de su sien. Ni se
enteró. Su labio. La mujer de cabello rojo le hablaba sin parar. Su ojo. Ella reía. Adentro de la fosa nasal. El no reía. Ella
se reía de él. Su ceja. Se acercó y él la miró con desconfianza. Su boca. Ella me espantó y él sudó
confusión.
Entró otro hombre a la verdulería. Un galán ensanchado. Lo
reconocí no sé de dónde. Burbujeó un rumor entre los clientes. Él sonreía. Demasiado… Miraba a su alrededor… Nervioso. Las
personas se alejaron. Había olor. Uno le gritó algo que no pude entender. Los
grandotes se le fueron al humo. El pobre tipo se dio vuelta y se achico. La
mujer de rojo, histérica… Su enamorado la abrazó. Ella le decía que lo amaba.
Parecía dopada. Lo amaba con insistencia. Lo llamaba así… Él la tomó de un brazo y la arrastró hacia el
auto caro. Ella se resistió. Solo un poco. Los grandotes cerraron la fila. Y
yo. Bsssss… Bssss... en el hombro de uno de ellos…
Departamento. Coqueto. Grande. Bssssss. Recorrí hasta el
último rincón. Cera. Brillo. Lustramuebles. Me crucé con otras moscas. Bajo el
desodorante, olor a podrido. Busqué. Sigo buscando. La mujer de cabello rojo cocinó.
Cortó. Peló. Y luego fregó. Bella y fregona. Todo por su amor. Yo me mantuve
lejos de todo. Estaba cayendo la tarde y me entra la modorra. Bajé de vez en
cuando a chupar alguna fruta. O a olerla a ella. Me posé bien alto en los
vidrios de la sala. El horno no estaba para bollos.
Festichola. Pocos hombres con caras de amargados. Poca
alegría. Tensión. Oleadas de perfume francés. Inglés. De modelos. De tenistas.
Oleadas hediondas. Por fin, salvador olor a pedo… Hombres solos. Con caras
preocupadas. Anteojos. Bigotes. Palmearon a mi anfitrión. En la espalda. En la
cara. El iba y venía. La música sonó fuerte. Los hombres se acercaron entre
ellos y hablaron bajo. La mujer entró y salió ofreciendo cosas. Cada vez todos
se callaron y esperaron que salga. Ella no paró. Bigotes se quejó y el que ella
amaba tanto, la echó. La tomó de un brazo y la llevó a algún lugar, cerró la
puerta. Volvió sumiso y sonriente. Parecía un perro en el que desové una vez. Su herida se agrandó, nutrió a mis
hijos y el pobre can aceptó su destino de muerto vivo. Mi anfitrión se le
parece. Pidió disculpas y trajo un bar
bien provisto de alcoholes de esos que provocan el sudor acido que me
emborracha. Todos festejaron. Por fin. Volvieron a bajar la voz y siguieron
trabajando en papeles. Libros. Calculadoras.
La fiesta se alargó. Nadie bailaba. Solo música atronadora.
Y ningún otro sonido excepto el cuchicheo raro de los hombres. Me aburrí. Busqué a la mujer. Desnuda, preparó la valija.
Caminé por la alfombra. Sus pies. Sus uñas pintadas a la francesa. La
virgencita tatuada. Puteó. Lloró. Se vistió. Y salió rumbo a la sala
enfurecida. Una tromba criminal. Se plantó. Hizo un escándalo. Se fue, dando un
portazo. Los hombres miraron. Y después aplaudieron. El la persiguió. Un teleteatro.
Volvió sin ella. Lo silbaron. El bajó los hombros y sonrió con tristeza. Me
apenó. Volé y recorrí una arruga de su cuello. Una caricia. Todos volvieron al
asunto. Cuchichearon. Hablaron por teléfono. Discutieron. Se ofuscaron. Casi se
van a las manos. Mi anfitrión solo se defendió, los otros lo atacaron… Fumaron,
tomaron. Bigotes se quedó con una remera de un festival para su colección. Siguieron hablando
por lo bajo. El estaba apartado. Solo. Sentado en una silla, lejos. De pronto,
se comieron la comida. Toda. Eructaron. Se rieron… y a él no lo invitaron.
Hablaron de él. Lo señalaron y se rieron. El bajó la mirada.
De repente se levantaron. No lo saludaron. Lo palmearon en
la espalda. En la cara. Uno le hizo un cortito canchero a la boca del estómago.
Quedó sin aire y con sonrisa forzada. El ultimo levantó los hombros acongojado y le dio el pésame. Y se fueron. Quedó el olor a pedo, igual era mejor. A él lo degradaron. Me sigo riendo.
Es divertido ver la humillación humana.
El se quedó en calzones. Se sirvió whisky. Ya éramos varias moscas
las que estábamos ansiosas. El olor aumentó. A podrido. Caminó de acá para allá.
Llamó a la mujer y le dejó un mensaje. Un galán panzón y sobreactuado. Se puso su campera de cuero y
tocó la guitarra. Melodías tristes. Viejo rock nacional. Zapó y trinó, desentonado. Bssssss… Soy una mosca
pero no soy ignorante… En
medias y calzoncillos… Patético. Niño viejo del rock. Roquero Rancio.
Ahí comenzó nuestra fiesta, nuestra verdadera fiesta. El
lugar olía a sudor. Adrenalina y cigarrillos. El bebió su whisky y se paseó,
tocó aleatoriamente la guitarra y la armónica. Un talento natural. Canturreó unas
canciones horribles que lo hicieron bailar torpemente. Yo tenía hambre. Me
avalancé. Devoré. Chupé. El comenzó a lloriquear. Yo estaba excitada. Estábamos
excitadas. La comida. La bebida. Nos chocábamos contra los vasos. Caminé por la
comisura de sus labios. Sus ojos. Hasta me atreví a entrar dentro de su boca
entreabierta. Y de pronto… vomitó. Expulsó todo y quedó inconsciente sobre la
mesa…
Mañana. El teléfono me despierta. El vuelve en sí y mira con
asco su casa. Prende la televisión. Contesta agarrado a una pared. Pone
noticieros que hablan de él. Se queda callado con los hombros caídos. Suda
miedo. Un ruido en la cerradura. Adrenalina. Es la mucama. El se levanta con dificultad y
se mete en la ducha. Agua. Mucha agua. Que el olor se vaya. A los minutos está
irreconocible. Algo alicaído pero con su gran sonrisa ganadora coronándole el
rostro. Un toque de perfume. Se mira. Se huele las manos. Las muñecas. Más
perfume. Yo no puedo más. Lo rodeo. Lo seduzco. El me espanta con asco y se
echa perfume. Mucho perfume. El se mira la
suela de sus zapatos y yo me apoyo en su nuca. Me gusta esta arruga. Esta
carnosidad de su cuello. Me espanta. No me puedo alejar. El olor viene de él.
Golpes en la puerta y se apresura. Sale del baño a responder la llamada. La mucama
le da el celular y un café. Un asistente, una secretaria. Sin detenerse sale de
su casa. Los grandotes nos rodean y nos abren las puertas. Vamos a trabajar.
Cada uno en lo suyo. Huele a podrido. Amo ese olor. Me activa. Me revela. Bsssssssssssss.
Pongo mis huevos. Mi galán de sonrisa arrolladora, los conducirá
muy alto.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Escribir es un oficio solitario. Ser leída por un desconocido alberga un misterio... Me gustaría saber lo que pensas...