jueves, 29 de marzo de 2012

ZOMBI


Soy…bssss… soy una mosca…bssss.

Sobrevuelo la habitación. Cansancio... Humo de la noche anterior. Estoy embalsamada de alcohol. Doy tumbos mientras vuelo. Vasos. Colillas apestosas. Platos con restos de comida. Un festín. Estoy llena. Toda la noche chupando…  Una prima perece en el whisky abandonado.  Bssssss. BssViciosa. Terreno enviciado. Las pesadas cortinas no dejan entrar el sol. Los rayos entibian el vidrio húmedo. Me apoyo. Me acicalo. Intento despertar. Estoy enjuergada.
Ayer entré como por casualidad… en un ananá. Me habían advertido del peligro de la importación brasilera... Quedé atrapada. La mujer de cabello rojo eligió mi fruta entre todas. Sonreía. Tenía un chango abarrotado y también quiso mi fruta. Dos hombres grandotes estaban con ella. Caras de pocos amigos. La miraban nerviosos.  Controlaban todo. Ella ordenó y uno de ellos tomó mi planta. El tipo olía a perfume seco, sudor y jabón. La mezcla que me activa. Volé. Me posé en su cuello. En su oreja. En su ojo. Caminé por su mejilla. Su ojo. Su pestaña. Chupe la sal de su sien. Ni se enteró. Su labio. La mujer de cabello rojo le hablaba sin parar. Su ojo. Ella reía. Adentro de la fosa nasal. El no reía. Ella se reía de él. Su ceja. Se acercó y él la miró con desconfianza. Su boca. Ella me espantó y él sudó confusión.
Entró otro hombre a la verdulería. Un galán ensanchado. Lo reconocí no sé de dónde. Burbujeó un rumor entre los clientes. Él sonreía. Demasiado…  Miraba a su alrededor… Nervioso. Las personas se alejaron. Había olor. Uno le gritó algo que no pude entender. Los grandotes se le fueron al humo. El pobre tipo se dio vuelta y se achico. La mujer de rojo, histérica… Su enamorado la abrazó. Ella le decía que lo amaba. Parecía dopada. Lo amaba con insistencia. Lo llamaba así… Él  la tomó de un brazo y la arrastró hacia el auto caro. Ella se resistió. Solo un poco. Los grandotes cerraron la fila. Y yo. Bsssss… Bssss... en el hombro de uno de ellos…
Departamento. Coqueto. Grande. Bssssss. Recorrí hasta el último rincón. Cera. Brillo. Lustramuebles. Me crucé con otras moscas. Bajo el desodorante, olor a podrido. Busqué. Sigo buscando. La mujer de cabello rojo cocinó. Cortó. Peló. Y luego fregó. Bella y fregona. Todo por su amor. Yo me mantuve lejos de todo. Estaba cayendo la tarde y me entra la modorra. Bajé de vez en cuando a chupar alguna fruta. O a olerla a ella. Me posé bien alto en los vidrios de la sala. El horno no estaba para bollos.
Festichola. Pocos hombres con caras de amargados. Poca alegría. Tensión. Oleadas de perfume francés. Inglés. De modelos. De tenistas. Oleadas hediondas. Por fin, salvador olor a pedo… Hombres solos. Con caras preocupadas. Anteojos. Bigotes. Palmearon a mi anfitrión. En la espalda. En la cara. El iba y venía. La música sonó fuerte. Los hombres se acercaron entre ellos y hablaron bajo. La mujer entró y salió ofreciendo cosas. Cada vez todos se callaron y esperaron que salga. Ella no paró. Bigotes se quejó y el que ella amaba tanto, la echó. La tomó de un brazo y la llevó a algún lugar, cerró la puerta. Volvió sumiso y sonriente. Parecía un perro en el que desové  una vez. Su herida se agrandó, nutrió a mis hijos y el pobre can aceptó su destino de muerto vivo. Mi anfitrión se le parece.  Pidió disculpas y trajo un bar bien provisto de alcoholes de esos que provocan el sudor acido que me emborracha. Todos festejaron. Por fin. Volvieron a bajar la voz y siguieron trabajando en papeles. Libros. Calculadoras.
La fiesta se alargó. Nadie bailaba. Solo música atronadora. Y ningún otro sonido excepto el cuchicheo raro de los hombres. Me aburrí. Busqué a la mujer. Desnuda, preparó la valija. Caminé por la alfombra. Sus pies. Sus uñas pintadas a la francesa. La virgencita tatuada. Puteó. Lloró. Se vistió. Y salió rumbo a la sala enfurecida. Una tromba criminal. Se plantó. Hizo un escándalo. Se fue, dando un portazo. Los hombres miraron. Y después aplaudieron. El la persiguió. Un teleteatro. Volvió sin ella. Lo silbaron. El bajó los hombros y sonrió con tristeza. Me apenó. Volé y recorrí una arruga de su cuello. Una caricia. Todos volvieron al asunto. Cuchichearon. Hablaron por teléfono. Discutieron. Se ofuscaron. Casi se van a las manos. Mi anfitrión solo se defendió, los otros lo atacaron… Fumaron, tomaron. Bigotes se quedó con una remera de un festival para su colección. Siguieron hablando por lo bajo. El estaba apartado. Solo. Sentado en una silla, lejos. De pronto, se comieron la comida. Toda. Eructaron. Se rieron… y a él no lo invitaron. Hablaron de él. Lo señalaron y se rieron. El bajó la mirada.
De repente se levantaron. No lo saludaron. Lo palmearon en la espalda. En la cara. Uno le hizo un cortito canchero a la boca del estómago. Quedó sin aire y con sonrisa forzada. El ultimo levantó los hombros acongojado y le dio el pésame. Y se fueron. Quedó el olor a pedo, igual era mejor. A él lo  degradaron. Me sigo riendo. Es divertido ver la humillación humana.
El se quedó en calzones. Se sirvió whisky. Ya éramos varias moscas las que estábamos ansiosas. El olor aumentó. A podrido. Caminó de acá para allá. Llamó a la mujer y le dejó un mensaje. Un galán panzón y sobreactuado. Se puso su campera de cuero y tocó la guitarra. Melodías tristes. Viejo rock nacional. Zapó y trinó, desentonado. Bssssss… Soy una mosca pero no soy ignorante… En medias y calzoncillos… Patético. Niño viejo del rock. Roquero Rancio.
Ahí comenzó nuestra fiesta, nuestra verdadera fiesta. El lugar olía a sudor. Adrenalina y cigarrillos. El bebió su whisky y se paseó, tocó aleatoriamente la guitarra y la armónica. Un talento natural. Canturreó unas canciones horribles que lo hicieron bailar torpemente. Yo tenía hambre. Me avalancé. Devoré. Chupé. El comenzó a lloriquear. Yo estaba excitada. Estábamos excitadas. La comida. La bebida. Nos chocábamos contra los vasos. Caminé por la comisura de sus labios. Sus ojos. Hasta me atreví a entrar dentro de su boca entreabierta. Y de pronto… vomitó. Expulsó todo y quedó inconsciente sobre la mesa…
Mañana. El teléfono me despierta. El vuelve en sí y mira con asco su casa. Prende la televisión. Contesta agarrado a una pared. Pone noticieros que hablan de él. Se queda callado con los hombros caídos. Suda miedo. Un ruido en la cerradura. Adrenalina. Es la mucama. El se levanta con dificultad y se mete en la ducha. Agua. Mucha agua. Que el olor se vaya. A los minutos está irreconocible. Algo alicaído pero con su gran sonrisa ganadora coronándole el rostro. Un toque de perfume. Se mira. Se huele las manos. Las muñecas. Más perfume. Yo no puedo más. Lo rodeo. Lo seduzco. El me espanta con asco y se echa perfume.  Mucho perfume. El se mira la suela de sus zapatos y yo me apoyo en su nuca. Me gusta esta arruga. Esta carnosidad de su cuello. Me espanta. No me puedo alejar. El olor viene de él. Golpes en la puerta y se apresura. Sale del baño a responder la llamada. La mucama le da el celular y un café. Un asistente, una secretaria. Sin detenerse sale de su casa. Los grandotes nos rodean y nos abren las puertas. Vamos a trabajar. Cada uno en lo suyo. Huele a podrido. Amo ese olor. Me activa. Me revela. Bsssssssssssss.   
Pongo mis huevos. Mi galán de sonrisa arrolladora, los conducirá muy alto.

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