La tormenta no
cesaba y se mezclaba con los sueños del hombre. Una y otra vez la sirena volvía
a enredarse en sus redes, una y otra vez, los dos mundos se miraban y se flechaban
inmediatamente. La hija del mar y el extranjero. En su sueño, ella volvía a
desear en voz alta tener piernas para acompañarlo. Entonces, él desgarraba con
su cuchillo la cola de pescado y le liberaba los pies, las rodillas, los
muslos… La sirena ya hecha mujer se abrazaba a las caderas dominantes del
hombre mientras la sacaba del océano… Un relámpago lácteo y sueña con la mañana
siguiente cuando le regaló unas hermosas zapatillas blancas. Para sellar su
amor, de rodillas, se las calzó en sus pies sin uso…
El mar, que él había doblegado, le había entregado una de
sus hijas para gloria de su orgullo.
Ahora la angustia clavaba su codo en su pecho y entre espasmos
soñó que la había perdido. La tormenta gimió y supo que era verdad…
El pescador hubiese querido escucharla, ¡si la amaba!, pero
era un hombre endurecido y estaba acostumbrado a la tiranía de la soledad. Entonces
le dio tareas e insomnio para cuando él salía de pesca.
Ella volvió entre sueños y le repitió lo que tantas veces
le había dicho en la vigilia.
_Dame hijos, le
decía la sirena… Necesito que me amarren a la tierra… Mira que en el mar todo
se fecunda...
_Hijos
no, le contestaba el pescador, necesitamos conocernos. Seré tu lastre. Mira mi
mano como te aferra del brazo…
_Entonces
vamos a trepar las altas montañas… Quiero usar mis piernas nuevas… ver el mar
desde las alturas. Antes yo recorría iglesias de coral y bosques de algas, me
encantaba la aventura...
_Trepar
no, le contestaba él, ya verás como duele rasparse las rodillas. Además, necesito
que me esperes cuando vuelva del mar… Es duro ser hombre.
_Vamos
lejos, le decía ella, soy mujer porque te amo pero también soy sirena. El mar
es muy avaro y tiene derecho. Lo escucho desde aquí prometerme sus secretos, no
se cuanto pueda contenerme.
_Irnos
no, le contestaba, una vez lo vencí y mil veces más lo haría por vos. Tapiaré
las ventanas para que se acalle. Y con mis besos te recordaré por qué has salido
a la costa.
_Pero
yo quiero ver al sol salir sobre los trigos y ponerse sobre los zarzales. Quiero
ver tropillas salvajes de caballos verdaderos. Quiero bailar toda la noche con
estas piernas nuevas que el amor me dio.
_
Paciencia. Te enseñaré a ser humana. Yo te di tus piernas y voy a enseñarte a
usarlas. Tu casa está donde estoy yo. Soy fuerte y te protejo. Soy tuyo y todo
lo mío te pertenece. Tenés que aprender a cuidarme. Sos mía y a través tuyo el
mar es mío. No puedo perderte. Soy un hombre poderoso. Y vos, mi reina.
_
¿Y seremos felices para siempre? le decía la sirena enamorada.
_Como
en un cuento de hadas. Siempre juntos.
La violencia de la tormenta lo despertó. Se había
equivocado. De nada sirvió que cerrara la puerta cada vez que salía sin ella. Caminó
hasta la repisa donde ella ponía sus cosas. Nunca se había fijado, agujas,
hilos, un collar, su fino peine de nacar y perfume, todo rodeado de mariposas. e insectos Pegados a la
madera, retenidos contra su voluntad.
Repentinamente otro trueno le electrizó el pescuezo. Las
zapatillas blancas, arañadas y rasgadas por las rocas se rieron de su
estupidez.
Después el pescador seguía sin olvidarla. El único hecho maravilloso que le había tocado. Nunca más levantó sus redes con peces. Se dijo que el mar no lo quería y su comunidad lo rechazó. Fue así que
se mudó a la ciudad y se convirtió en un pescador exiliado. Carnada de
delincuentes... Y pasó el tiempo entre alcoholes y remordimientos.
Pero un día recibió una carta en su pieza diminuta. Venía
de París y estaba firmada por ella. Decía así
“Cuando comprendí que había dejado mi casa para
convertirme en la rehén de tus cosas, decidí morir. Corrí, si, ¡corrí! Con mis
piernas sin uso a lo más alto del acantilado y llorando arrepentida me arrojé
hacia el mar. Mi padre, que me estaba mirando aunque yo no lo viera, hizo una
ola gigante que me recibió suavemente. Mi madre, que también velaba por mí, me
acunó en sus entrañas y pude dormir por fin. Como me hiciste mujer mis hermanas
se turnaron para darme aire mientras reposaba. Como también soy pez, con amor
mi familia sacó el anzuelo y me ayudó a sanar. Y como comprendieron mi anhelo y
para que no fuera inútil mi sufrimiento, entre sueños, todos juntos me llevaron
a través del océano. Desperté en las costas de Guyana con una cofre lleno de
tesoros y a partir de allí, viví la vida plena, con tantas experiencias que
vos, en tu terquedad, ni siquiera podrías imaginar. Pero tenés razón, la herida
que abriste cuando rasgaste mis piernas siempre te pertenecerá. Tonta de mí que
pensé que el amor exigía mi sacrificio. Tu voracidad casi me mata. Aunque sentía mi
corazón estallar siempre creí que el amor humano debía doler. O que esa era su condición. Hoy, que he conocido amores banales y sublimes, que
he dicho que no por puro egoísmo y que sí por puro capricho puedo decir que por
siempre estaremos juntos. Vos me enseñaste a tener memoria y nunca voy a olvidarte. Lo mismo que me lanza de vos es el fuego que me da
vida. Gracias.”

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