domingo, 10 de junio de 2012

Teté


Siempre fue caprichosa.

Le gustaba ser escuchada y hacer su voluntad. Para conseguir lo que quería aplicaba diferentes recursos. Pero nunca subestimaba su valor. De niña fue fácil. Era la menor de 10 hermanos, la niña de los ojos de sus papás. Fue creciendo y la vida no siempre la hizo feliz con las decisiones que tomaba. Acató estructuras, religión, matrimonio. Acató con severidad y, sin dudarlo, hizo que sus hijos también acatasen. Tuvo 5. La última casi al borde de su adultez. Sus hijos descollaron de diferentes maneras, pero sobre todo 2 de ellos que brillaron en el firmamento de la historia.

Ella nunca dejó de ser caprichosa, orgullosa.

Cuando quería dejar en claro que haría su voluntad solo decía… ¡Ponderan! Y la realizaba.

Se aferró a la vida con uñas y dientes… pero el paso del tiempo es una inevitable batalla perdida. En su último año de vida, casi un purgatorio en la tierra, sufrió, sufrió mucho. Parecía que las cuentas abiertas serían saldadas a través del dolor. Persistentemente, casi inmóvil, se aferraba de la mano de las devotas hijas que la cuidaban, como amarrándose a la tierra.

Pero no pudo hacer su deseo y por fin… murió.

El día de su entierro, cuando su cajón estaba bajando se deslizó a un costado y casi quedó trabado negándose a descender... Hasta que cayó por su propio peso. Pero parecía negarse a entrar en la tumba, parecía seguir aferrándose. Por un momento, casi el soplo del aliento de una palabra dicha, el ataúd se clavó de punta. Un viento se levantó entre los deudos llorosos. Un viento fuerte, frío, voluntarioso, que por un instante susurró… ¡PONDERAN!

Y cayó.

…La gravedad es una ley muy poderosa…

Después de todo, las cosas vivas se extinguirán. Lo que quedará es la memoria.

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