Siempre fue caprichosa.
Le gustaba ser escuchada y hacer su
voluntad. Para conseguir lo que quería aplicaba diferentes recursos. Pero nunca
subestimaba su valor. De niña fue fácil. Era la menor de 10 hermanos, la niña
de los ojos de sus papás. Fue creciendo y la vida no siempre la hizo feliz con
las decisiones que tomaba. Acató estructuras, religión, matrimonio. Acató con
severidad y, sin dudarlo, hizo que sus hijos también acatasen. Tuvo 5. La
última casi al borde de su adultez. Sus hijos descollaron de diferentes
maneras, pero sobre todo 2 de ellos que brillaron en el firmamento de la
historia.
Ella nunca dejó de ser caprichosa,
orgullosa.
Cuando quería dejar en claro que haría su
voluntad solo decía… ¡Ponderan! Y la realizaba.
Se aferró a la vida con uñas y dientes…
pero el paso del tiempo es una inevitable batalla perdida. En su último año de
vida, casi un purgatorio en la tierra, sufrió, sufrió mucho. Parecía que las
cuentas abiertas serían saldadas a través del dolor. Persistentemente, casi
inmóvil, se aferraba de la mano de las devotas hijas que la cuidaban, como
amarrándose a la tierra.
Pero no pudo hacer su deseo y por fin…
murió.
El día de su entierro, cuando su cajón
estaba bajando se deslizó a un costado y casi quedó trabado negándose a descender...
Hasta que cayó por su propio peso. Pero parecía negarse a entrar en la tumba,
parecía seguir aferrándose. Por un momento, casi el soplo del aliento de una
palabra dicha, el ataúd se clavó de punta. Un viento se levantó entre los
deudos llorosos. Un viento fuerte, frío, voluntarioso, que por un instante
susurró… ¡PONDERAN!
Y cayó.
…La gravedad es una ley muy poderosa…
Después de todo, las cosas vivas se
extinguirán. Lo que quedará es la memoria.

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