domingo, 5 de enero de 2014

Escalador



El hombre despertó después de horas de estar desmayado, colgando de la soga. La parka lo estaba mirando. Al principio el no la veía y volvió en sí, lentamente. La cuerda se tensó, mecida por la mano huesuda. Las uñas siguieron deshilachando la soga mientras lo miraba con repulsión. Que feos eran los hombres… Era para la parka una razón necesaria quitarles el aliento. Lo disfrutaba secamente y solía ponerse a castañetear los dientes de alegría.
Hoy la vida le había presentado este regalo.
El hombre se estiró, volviendo en sí, con un sobresalto. Se vio. Vio en la situación en que estaba y comprendió que no estaba soñando.
El filo de la montaña estaba perdido entre nubes, devorado por una bruma gris que traía llovizna fría y, si tenía suerte, nada de viento.
La parka, con esa capacidad de los esqueletos, se armaba como un rompecabezas colgante, combinaba fémur, con dos tibias, para estirarse y rozarlo con su vestido. Quien pudiera observar el hecho sobrenatural de la muerte: Una pared de roca que no tiene principio ni fin, un hombre colgante de un cordón umbilical a punto de desprenderse y la enorme parka, impregnada como una sombra a la piedra, con sus negros vestidos flotantes como jirones de alas negras, con sus huesos moviéndose a voluntad, como mágicos engranajes que estiraban el cuerpo o lo fundían con el musgo.
El hombre intentó envolverse en sí mismo, intentó trepar por su cuerpo para alcanzar la soga y poder izarse. Pero hacía horas que estaba colgando. Se había desmayado dos veces y el frío lo había entumecido. Imaginó su sangre congelándose, sus venas atoradas por cubos de hielos rojos. Y rió. La risa le aflojó una lágrima que se congeló en su mejilla. El sol se disolvía rápidamente en el horizonte y pronto caería el frío mortal del atardecer.
Y fue allí, que el hombre comprendió que pronto moriría.
Ese era el momento de la parka. Todos los seres vivos son conscientes de ese umbral cuando llega. Y ese terror existencial es lo que espera la parka, no el alma, es el miedo de la vida a la muerte. Así que se mostró, horrenda, ululante. Su voz fue lo primero. El hombre barbado, con sus fuertes brazos abiertos e impotentes, con su cuerpo acostumbrado a la rudeza de la montaña, empezó a ensoñar… Abajo, allá abajo… había un lugar soñado… un sitio de amigos. Al calor de un fogón, bebiendo cerveza y aún ignorantes de su desaparición. Alguien lo llamó y tuvo que volver. Abrió los ojos y la vio. La muerte misma frente a frente, castañeteando sus dientes como castañuelas macabras en sus oídos, sintió la risa de placer de la muerte y no pudo contener el llanto de terror e impotencia. Se sintió pequeño y desvalido. Cerró los ojos para apagar la visión, pero la parka ya se había metido dentro de su retina. Así era la muerte, irremediable e invasora. Como brotado de lo más profundo de su virilidad lanzó un tronido, un grito ancestral que tal vez todos tengamos en el baúl de las emergencias. Fue tan masculina su queja que la parka dejo de gritar para escucharlo…                                                                                                                                               La tarde ya se transformaría en noche y la muerte se sintió inquieta. La horrorizaba la resistencia de lo vivo, la esperanza que se anida aún ante lo inevitable. Era patético y decidió adelantar el proceso y comenzó a mecer al cuerpo. El hombre tiritó violentamente. Ahora sentía dentro de su cabeza una voz muy vieja, que le recordó a su abuela muerta y que lo invitaban a dormir, cantándole un arrullo. La mano gélida se apoyó en su frente y sintió la nausea del terror, ese terror puro que a la parka excitaba. Nada se podía hacer. Era solo él, la roca y la cuerda quienes se batían en este duelo. Y la parka, por supuesto, que lo miraba sonriente, cabeza para abajo y le tocaba con su quijada seca la boca. Vendrás conmigo, le dijo ella con autoridad y él se contorsionó en todo su largo, despidiéndose del cuerpo. No debía mirarla, aunque estuviese dentro de él. No tenía frío, era el miedo el que lo estaba matando. Tengo mi olla, le dijo, voy a cocinarte y estarás caliente. El respiró. El aire cortante le cargó los pulmones. El sería protagonista de su partida. Con toda la fortaleza que le quedaba, tomó impulso y se hamacó. Llegó a su bota y tomó un cuchillito que escondía para momentos decisivos como este. De un manotazo logró tomar a la parka del cráneo blanco, que dando un alarido asqueado, intentó huir. Pero el hombre había conquistado muchas montañas. El abrazo envolvió al esqueleto y se hizo de roca. La parka lo miró de frente, confundida. Vio en sus ojos al hombre que era antes de encontrarla. El hombre, en un esfuerzo doloroso se acercó a la parka con todo su cuerpo, arrastrándola al tálamo volátil y pendular.  En las cuencas vacías de los ojos de la muerte brilló una chispa que la hizo estremecer. El hombre la abrazó con pies y manos y la osamenta ya no se resistió. Suavemente se dejo.
Ahora, morirás. Porque yo lo mando y voy arrullarte, dulce muerte me dirás.
Pero el hombre, resistiéndose a morir y decidido a no entregarse, en un último acto vital, cortó la cuerda y cayeron juntos. En el vacío del abismo, el hombre penetró al esqueleto. Un acoplamiento sorpresivo que le dio a la muerte, por primera vez, una idea de la vida.
Como son los hombres, dijo la parka, en su muerte, se coge a la muerte, pensó ella mientras caían.

1 comentario:

Escribir es un oficio solitario. Ser leída por un desconocido alberga un misterio... Me gustaría saber lo que pensas...

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