El hombre despertó después de horas de estar desmayado,
colgando de la soga. La parka lo estaba mirando. Al principio el no la veía y
volvió en sí, lentamente. La cuerda se tensó, mecida por la mano huesuda. Las
uñas siguieron deshilachando la soga mientras lo miraba con repulsión. Que feos
eran los hombres… Era para la parka una razón necesaria quitarles el aliento.
Lo disfrutaba secamente y solía ponerse a castañetear los dientes de alegría.
Hoy la vida le había presentado este regalo.
El hombre se estiró, volviendo en sí, con un sobresalto.
Se vio. Vio en la situación en que estaba y comprendió que no estaba soñando.
El filo de la montaña estaba perdido entre nubes,
devorado por una bruma gris que traía llovizna fría y, si tenía suerte, nada de
viento.
La parka, con esa capacidad de los esqueletos, se armaba
como un rompecabezas colgante, combinaba fémur, con dos tibias, para estirarse
y rozarlo con su vestido. Quien pudiera observar el hecho sobrenatural de la
muerte: Una pared de roca que no tiene principio ni fin, un hombre colgante de
un cordón umbilical a punto de desprenderse y la enorme parka, impregnada como
una sombra a la piedra, con sus negros vestidos flotantes como jirones de alas
negras, con sus huesos moviéndose a voluntad, como mágicos engranajes que
estiraban el cuerpo o lo fundían con el musgo.
El hombre intentó envolverse en sí mismo, intentó trepar
por su cuerpo para alcanzar la soga y poder izarse. Pero hacía horas que estaba
colgando. Se había desmayado dos veces y el frío lo había entumecido. Imaginó
su sangre congelándose, sus venas atoradas por cubos de hielos rojos. Y rió. La
risa le aflojó una lágrima que se congeló en su mejilla. El sol se disolvía
rápidamente en el horizonte y pronto caería el frío mortal del atardecer.
Y fue allí, que el hombre comprendió que pronto moriría.
Ese era el momento de la parka. Todos los seres vivos son
conscientes de ese umbral cuando llega. Y ese terror existencial es lo que
espera la parka, no el alma, es el miedo de la vida a la muerte. Así que se
mostró, horrenda, ululante. Su voz fue lo primero. El hombre barbado, con sus
fuertes brazos abiertos e impotentes, con su cuerpo acostumbrado a la rudeza de
la montaña, empezó a ensoñar… Abajo, allá abajo… había un lugar soñado… un sitio
de amigos. Al calor de un fogón, bebiendo cerveza y aún ignorantes de su
desaparición. Alguien lo llamó y tuvo que volver. Abrió los ojos y la vio. La
muerte misma frente a frente, castañeteando sus dientes como castañuelas macabras
en sus oídos, sintió la risa de placer de la muerte y no pudo contener el
llanto de terror e impotencia. Se sintió pequeño y desvalido. Cerró los ojos
para apagar la visión, pero la parka ya se había metido dentro de su retina.
Así era la muerte, irremediable e invasora. Como brotado de lo más profundo de
su virilidad lanzó un tronido, un grito ancestral que tal vez todos tengamos en
el baúl de las emergencias. Fue tan masculina su queja que la parka dejo de
gritar para escucharlo… La tarde ya
se transformaría en noche y la muerte se sintió inquieta. La horrorizaba la
resistencia de lo vivo, la esperanza que se anida aún ante lo inevitable. Era
patético y decidió adelantar el proceso y comenzó a mecer al cuerpo. El hombre
tiritó violentamente. Ahora sentía dentro de su cabeza una voz muy vieja, que
le recordó a su abuela muerta y que lo invitaban a dormir, cantándole un
arrullo. La mano gélida se apoyó en su frente y sintió la nausea del terror,
ese terror puro que a la parka excitaba. Nada se podía hacer. Era solo él, la
roca y la cuerda quienes se batían en este duelo. Y la parka, por supuesto, que
lo miraba sonriente, cabeza para abajo y le tocaba con su quijada seca la boca.
Vendrás conmigo, le dijo ella con autoridad y él se contorsionó en todo su
largo, despidiéndose del cuerpo. No debía mirarla, aunque estuviese dentro de
él. No tenía frío, era el miedo el que lo estaba matando. Tengo mi olla, le
dijo, voy a cocinarte y estarás caliente. El respiró. El aire cortante le cargó
los pulmones. El sería protagonista de su partida. Con toda la fortaleza que le
quedaba, tomó impulso y se hamacó. Llegó a su bota y tomó un cuchillito que
escondía para momentos decisivos como este. De un manotazo logró tomar a la
parka del cráneo blanco, que dando un alarido asqueado, intentó huir. Pero el
hombre había conquistado muchas montañas. El abrazo envolvió al esqueleto y se
hizo de roca. La parka lo miró de frente, confundida. Vio en sus ojos al hombre
que era antes de encontrarla. El hombre, en un esfuerzo doloroso se acercó a la
parka con todo su cuerpo, arrastrándola al tálamo volátil y pendular. En las cuencas vacías de los ojos de la
muerte brilló una chispa que la hizo estremecer. El hombre la abrazó con pies y
manos y la osamenta ya no se resistió. Suavemente se dejo.
Ahora, morirás. Porque yo lo mando y voy arrullarte,
dulce muerte me dirás.
Pero el hombre, resistiéndose a morir y decidido a no
entregarse, en un último acto vital, cortó la cuerda y cayeron juntos. En el
vacío del abismo, el hombre penetró al esqueleto. Un acoplamiento sorpresivo
que le dio a la muerte, por primera vez, una idea de la vida.
Como son los hombres, dijo la parka, en su muerte, se
coge a la muerte, pensó ella mientras caían.

Enhorabuena, una gran lectura.
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